-Pensé que ya te habías ido.
La entrega de turno, nada fuera de lo usual, los mismos cinco pacientes que apenas están inaugurando las camas, las mismas cuatro enfermeras que se cambiaban el turno anoche en el mismo sitio, la misma angustia compartida de no hallarnos en el lugar correcto. Carlos también fue coordinador, pero el imperio del celular sobre su vida se acabó pronto porque no soportaba el timbre en los momentos más felices. Ni el basquetbol, tal vez ni el sexo marital, ni el hijo germinando y naciendo merecían interrupciones tan burdas como las que propician las noticias de nuevos muertos, y él sí se fue.
Carlos me recuerda que soy cobarde, que tengo miedo de poner a la cabeza de mi vida lo que es más importante, quizá a modo de martirio por serme también lo más placentero. Me recuerda el antojo periódico de huir de las rondas imbéciles, de las recolectas de estampitas, de los timbrazos que me ordenan volar hacia el muerto para preguntar lo que nadie quiere preguntar, porque da pena reciclar los órganos de otras personas cuando a ciencia cierta no se sabe para quién van a ser, si se les tratará de buena forma, si valdrá la pena regalarlos al que puede estar esperándolos con fines malvados que no se merece alguien tan bueno como un muerto, que siempre es alguien tan bueno. Aunque para seguir trabajando haya que convencerse de lo hermoso que puede ser salvar alguna vida, de la manera que sea. Es la tarea constante de poner ese absoluto sobre todos los relativos, y funciona. Tanto que escribir en este blog lo que voy sintiendo al respecto es algo parecido al pecado. Sobre estas cosas no se piensa. No se debaten estas vainas. Se debe sospechar, tal vez, de una intención malvada de mi parte al decirlas, al ser capaz de sentirlas.
Esto Carlos lo hace sin querer hacerlo, porque yo lo reemplacé en el cargo hace casi dos años, él se salió a la vida cotidiana del médico general y yo ahora estoy haciendo unos turnos donde él trabaja, mientras arranca la clínica y llegan más médicos. Él sigue siendo tan dulce, tan sencillo, inteligente y elemental como siempre, no es capaz de enredarse en las reflexiones que me mantienen hablando en el monólogo que se aguantan con nobleza quienes me quieren, cada vez que se toca el tema de mi trabajo con donantes. Sin querer hacerlo, Carlos cuando llega me recuerda el enorme costo que pago por seguir haciendo algo tan bello en condiciones tan horribles. Manchar la belleza, es algo que no creo que Carlos quiera hacer, es la razón por la que creo que renunció a volar en el oficio de chulo, siendo un gorrión nervioso, vegetariano, con nido.