miércoles, julio 14, 2010
Por dentro
Leo novelas ligerísimas y libros de autosuperación, nada más allá de Isabel Allende: es el límite entre lo encantador y lo soporífero. Adoro la novela gringa y la Coca-Cola. Me calma los nervios salir a comprarme algo cuando me pagan y mi mayor problema actual es haber perdido el dinero que consignaba con alguna regularidad el papá de mis dos hijos menores. Es un descalabro. Tengo cinco mil pesos –el billete- más unas monedas, apenas el almuerzo y un pasaje de bus sin retorno con lo que he decidido quedarme en la casa, comer algo aquí cerca y hacer ronda virtual desde el computador. Tengo un sistema que me permite revisar las historias clínicas del Hospital desde cualquier parte, así que me doy el lujo de mirar una por una las evoluciones de los pacientes graves, buscando aquellos con menos esperanza de vivir y más cercanos a ser donantes. Soy un chulo cibernético.
Ayer fue el día más espantoso del año, seguido muy de cerca por el viernes anterior. No han pasado dos semanas y he visto dos cráneos aplastados en el pavimento, sangre que corre y el trancón que deja una hilera como alternativa obligatoria: estar de frente a la desgracia, verla de lado muy despacio, dejarla atrás, recordarla un buen tiempo. Consecuencia es que esta semana las llantas de mi noble Fiat Palio han pisado la sangre de dos personas que tuvieron un trauma tan grande que ni siquiera llegaron a ser potenciales donantes. En estas vías no se necesita ser médico para andar cerca de los muertos inesperados.
No es que necesite un novio exactamente, pero me agradaría tener alguien con quien compartir un sexo más o menos tierno y estable y que además tuviera bajo la manga conversaciones entretenidas y ligeras, largas, con la disposición sublime de darme un masaje de vez en cuando en los pies. No es un esclavo exactamente, porque sería más o menos lo que yo también podría aportar a una relación, dos o tres veces al mes. No sé si eso podría llamarse relación seria, pero sería la relación suficiente en estos momentos en que afronto la maternidad de una adolescente y dos prepúberes. Nadie estaría tan loco como para querer algo así, y no tengo mucho tiempo para buscarlo, pero qué bueno sería y qué alivio es decirlo.
Lo más cerca de conversaciones inteligentes que tengo por ahora con el sexo opuesto es con un colombo-israelí que vive en la más favorable de sus dos patrias, de quien adoro ver fotos de viaje y compartir ironías resentidas, frecuentemente de corte político. Como chatear con él es infrecuente me compensa de alguna manera descubrir coincidencias (mejor poquito que empalagoso), y diría yo que llega a ser inspirador alegar en red con él, porque hay que ver lo mucho que me hace falta tener algún muso para poder cargar con, y descargar esta rutina de peso fluctuante. El judío está un poco loco, también. Me ha pedido que busque unos cosméticos del Mar Muerto en Unicentro, y supongo me lee tan desencajada que me recomendó comerme un helado de ron con pasas a manera de ansiolítico mientras le cumplo el encargo. Está entre mis tareas pendientes, de todas formas, me causa curiosidad conocer cómo pueden ser los cosméticos de allá, si serán gredas pastosas empacadas en cajitas grises con tallas en piedra en la tapa y la cruz de David estampada en la etiqueta como me las imagino. Qué burra soy, soy una inculta: me vale, eso sí, un enorme ‘güevo’.
Guillermo mi hijo va perdiendo religión. Religión, la materia. Es irónico, porque mi mamá es catequista. Pensé que a ella le iba a caer como una patada esa noticia pero se limitó a decir que menos mal que había podido recuperar matemáticas y ciencias sociales, porque religión iba a ser más fácil de pasar este trimestre. Yo creo que va a ser más trabajo duro, para mi. Las labores del colegio de mis hijos me resultan desesperantes al principio, porque creo que ellos deberían hacerlas solos y porque siento que pierdo mi propio tiempo intelectual –já, el mismo que dedico a leer novelas rosa y libros de autosuperación-, pero cuando logro entrar en la tarea, como me pasa con todo, me divierto como niña y pienso que estuvo más perdido el tiempo de mi primaria y bachillerato porque no recuerdo nada de lo que se supone que ya debería saber. Ese tiempo de ir al colegio es para socializar, para hacer amigos, para hacer el oso. Todo lo demás se olvida luego. Este tiempo de las materias perdidas de Guillermo es para socializar con él en concreto, para hablar con él, para volver a hacer el ridículo, verme más humana, vulnerable, falible, bruta. A veces es sublime, a veces es incómodo.
No sé cuánto más durará el vuelo del chulo, creo que soy un chulo apreciado por la comunidad que me apedrea, porque claro que soy un ave desagradable y bullosa, pero eficiente, en fin de cuentas, y seguimos siendo pocos: soy un bicho especial, en vía de extinción por incapacidad reproductiva. Me puedo quedar varios días aquí comiendo de milagro, esperando a que me llamen para una valoración, o a que me paguen, para poder echarle gasolina al pobre Adán Palito y volver a hacer las rondas desagradables. Lo bueno es que algún día pagarán de todos modos y aún puedo estar la mayor parte del tiempo aquí, con mis hijos, en la vida real, donde soy una mujer y camino. He ocultado el blog por ahora porque no sé cómo interpretar el silencio de quienes tuvieron la oportunidad de leerlo: ¿No lo leyeron? ¿No es esto importante? ¿Estoy rematadamente loca? Y de todas formas me tranquiliza haberles dado la oportunidad de leerlo. Ya me he quejado a los gritos, entonces, pase lo que tenga que pasar, éste es un asunto mío por deber y por derecho. Si la cosa no es tan mala, ¿Quién dijo?
sábado, junio 19, 2010
Un chulo fénix
Se supone que me iba, pero aún no. ¿A quién le echo la culpa de eso? El director del Hospital quiere que me quede un tiempo, por lo menos mientras se consolida el programa de trasplante renal, y soy su opción más barata -parece que, por el momento, su única opción-. En el fondo nadie me pone un arma en la cabeza y deduzco que soy yo quien no quiere irse mientras lo intento otra vez, como esos romances patológicos a los que ya no me apunto, pero que me gustaban tanto. Pasé una carta de renuncia que me devolvieron porque le faltaban un par de firmas, y apenas obtuve una cuando me llamaron a una reunión donde me convencieron de aguantar un tiempo más -estoy sin sueldo, aparentemente están pagando tarde en varios hospitales, porque las EPS y los fondos distritales están paralizados hasta que pasen las elecciones presidenciales-, con esa idea mía de que un hospital de cuarto nivel incrustado en pleno Soacha es un reto bello al que vale la pena apostarle, yo que adoro las causas perdidas por mi complejo de Manuelita Sáenz, puedo quedarme con esa idea si siento que realmente soy importante para el proyecto. En este momento, parece que así es.
Estaba en Federico Lleras porque iba a trabajar en Ibagué. Aún no lo descarto, me encanta esa ciudad falduda con supervolcán Machín al lado y llena de tolimenses sonrientes y tranquilos. Desde hace años he querido pasar un tiempo allá, pero tengo historias pendientes, y un blog que todavía no cuenta casi nada de lo bueno que es trabajar en esto, y un hospital que me pide que me quede y un oficio que me gusta tanto cuanto me aburre a ratos. Para poder quedarme he pensado seriamente en proponer una separación de coordinación de trasplantes del programa de trasplante renal. Le aclaré al Director y a las demás directivas con quienes me he reunido en estas dos semanas que el servicio de coordinación de trasplantes puede llegar a ser autosostenible, pero nunca rentable, y que sostener el programa de trasplante renal a expensas de coordinación de trasplantes es un error de foco que pone en peligro las dos cosas, porque sin donantes no hay trasplantes, claro, y sin trasplantes no se puede pagar la coordinación operativa, que es una inversión cuando se trasplanta y un gasto cuando no, como por ahora es nuestro caso.
Sigo en oposición a las tarifas por componente, pero algo me inventaré para que las cosas puedan funcionar de otra manera. Aún no sé cómo hacerlo, ando chamuscada por andar de chulo incendiario y así no vuela bien nadie. Por ahora.
martes, junio 01, 2010
Un sueño ridículo
Y luego de la vaina larga del rescate, que es en una sala de cirugía, yo veía a dónde habían ido a parar las partes de mi cuerpo. Lindo fue, porque el corazón le quedó perfecto a una señora ya mayorcita que se estaba despertando de nuevo al lado del hijo adulto, que la miraba como si ese manojito de arrugas que casi vio perdido ahora fuera un milagro. Y una córnea se la colocaron a una niña muy joven que pudo volver a leer. Y la otra se la dieron a un funcionario añoso, algo malo, con muchas cargas en el alma, cuya única alegría en años había sido ver nítido de nuevo. El hígado encajó algo pequeño en un colega grande que lo necesitaba con mucha urgencia, por eso me alegró que al cirujano le hubiera gustado a pesar de que casi no se lo lleva por haber comido yo tanto marrano y empujado tanta cervecita en la vida. La verdad es que sí, se veía un poco amarillo. Hasta los huesos sirvieron: para un montón de gente que sólo vi un momentico, porque ni podía contarlos. Y mi riñón derecho orinó muy juicioso apenas lo instalaron en su nuevo dueño. El otro no sirvió porque tenía un quiste enorme, y suspiré. Claro, nadie es perfecto.
Me cosieron muy bien y me rellenaron los defectos, así que quedé como durmiendo, tal cual. Luego vi cómo le pagaban a la doctora que habló con mi mamá y la cosa decía, más o menos, que millón doscientos mil por el corazón y que el mantenimiento del hígado valía lo mismo. Seiscientos mil el riñón que me sirvió, porque el otro hubo que descartarlo. Cien mil pesos por cada córnea buena, que fueron ambas, aunque yo usaba gafas desde siempre. Trescientos mil los huesitos. El resto no sirvió: entonces el total del mantenimiento de lo que la doctora pudo salvar de mi cuerpo en las doce horas que estuvo cuidándome fueron 3’500.000 pesitos.
-¡Ah, qué bueno! –Pensé yo en mi sueño con emoción. –Y eso que fueron apenas doce horas, porque el resto del mantenimiento mío lo hizo mi mamá: si la buena doctora se hizo a esa platica (Pues claro, porque ustedes saben que yo valgo mucho), ¿Cuánto le habrá tocado entonces a mamá? Y empecé a sumar, sumar, sumar: El día completo, siete millones. Y los 365 días del año… ¡Por tantos años! ¡Y qué bueno haberme muerto, que quedó tan bien mamá! ¡Qué contenta estará mi vieja, después de lo duro que fue sacarme adelante! Y yo feliz, feliz, cuando sonó el despertador y con la conciencia se me fue lo bonito que estaba sintiendo. Recordé que mamá no puede ser millonaria si yo me muero, porque la doctora me dijo que aquí no se paga ni se cobra por los órganos. Y bueno, así le pagaran a mamá: ella que me quiere tanto de todos modos no estaría contenta si yo me hubiera muerto.
Mañana más bien me acuesto con el estómago vacío. Con eso no termino soñando pendejadas. ¿No cierto mi doc?
(El cuento del 13 de mayo de 2009 enviado a cuanto miembro de la Red conozco, y a varios que no)
miércoles, mayo 19, 2010
El despegue.
Como no hay casi coordinadores y es difícil reemplazar a los que salimos, cada vez que salto al suicidio laboral alguien me agarra por los pies y me vuelve a subir al barco. Lo que de verdad agradezco, pero que no soluciona el problema, porque son muchas cosas las que me tienen harta de este pequeño mundo que casi no existe afuera de sí mismo.
Lo que más me molesta es la estructura de pagos con la que se armó todo este enredo. Es desastroso seguir en el esquema en que se paga y cobra un costo distinto de “gestión operativa” según el componente rescatado. El único banco que paga por córnea en Bogotá –hay grupos que no lo hacen- da 100.000 pesos por cada una de las que tengan una buena calidad para implantarse. El banco de huesos pagaba hasta el año anterior más o menos 300.000 pesos por donante, pero en vista de la escasez de rescates de este componente, decidieron aumentar el rubro a un millón de pesos. Y por la “gestión operativa” de las válvulas cardíacas se reciben 450.000. Con los órganos la cosa es similar pero son más caros: el riñón está por los 700.000, el hígado por el doble y el corazón –perdón, la gestión operativa de la donación del corazón- también es remunerada por más o menos un millón cuatrocientos mil pesos.
Todo este desorden, disparatado e insólito a mi juicio, parece ser tomado como una situación normal por los miembros de la Red. Llevo ya varios meses quejándome al respecto. Cuando se entra a la Red, en un principio se ve como algo normal, porque éstos esquemas de pago son conocidos por la Coordinación Nacional en el Instituto Nacional de Salud, y por las coordinaciones regionales, al punto que son las tarifas que dan base a los convenios vigentes a la fecha entre las instituciones trasplantadoras, los bancos de tejidos y los diferentes coordinadores de trasplante, incluida Fundonar, una institución que utiliza este esquema de cobro para sostener la labor de los médicos que la conforman.
El problema más grave de la Red de trasplantes, a mi modo de ver las cosas, es ése tarifario espantoso que le quita legitimidad y la convierte en una feria. Hay disparidad en los pagos, ambiciones, pasiones, intrigas y envidias de telenovela, porque no se puede formar un equipo en esas condiciones en las que todos somos rivales y la supervivencia del más fuerte se impone sobre los preceptos elementales del colegaje. El premio por órgano divide, desmoraliza cuando no se puede obtener y envenena cuando va más allá de la satisfacción esencial –y grande- de ayudar a salvar la vida de otra persona. Es uno de esos conceptos que en un momento de la historia parecen razonables pero son, a la larga, indefendibles, como la esclavitud, la discriminación racial y el reintegro del Bolillo como técnico de la Selección Nacional de Fútbol.
Como yo también integraba la Red hasta ahora, me había abstenido de hacer comentarios públicos al respecto y con la esperanza de un cambio generado desde adentro que no afectara a los donantes, me dediqué a fastidiar a los cirujanos y a los demás coordinadores con esta observación reiterada, que no tuvo respaldo franco, pero tampoco fue rebatida por nadie. Incluso cuando les envié un cuento burlándome de la situación, la respuesta rotundamente silenciosa me hizo dudar seriamente de mi ya cuestionada cordura, porque comencé a sospechar que hay una razón para este despropósito y que todos conocen esa razón menos yo. Sin embargo, lo que he escuchado muchas veces como justificación de este sistema es que “hay que estimular a los coordinadores”, y que lo que se paga no es el órgano sino “el trabajo para obtenerlo, que se llama gestión operativa de la donación”. Pero la tasa de donación ha descendido y los coordinadores terminamos huyendo de este odioso campo de batalla (no soy la primera ni la única que sale despavorida). Algo tiene que ver, mucho por lo menos en el caso mío, con los esquemas perversos de pago que se parecen más a la comercialización de autopartes que a la remuneración de un acto médico.
Otro día monto el cuentito que les envié a los miembros de la Red hace más o menos un año. A ver si alguien me da trabajo por mamar gallo ahora que estoy desempleada -hay gente que vive muy bien de mamar gallo-, o asilo en un retiro psiquiátrico, si a la larga ratifico que lo necesito por un tiempo.
viernes, abril 30, 2010
Primero el huevo.
Luego de esos meses turbulentos pero de cierto modo felices, reemprendí la búsqueda de un trabajo remunerado. Entre tantos avisos del periódico, me llamó la atención uno donde solicitaban médicas: únicamente mujeres, con una serie de cualidades que ya no recuerdo pero que consideré que tal vez podría llenar o, cuando menos, aparentar. Me pareció que debía tratarse de algún asunto de estética o de apoyo en pediatría, pero el cargo no estaba especificado en el aviso.
La oficina en la que dejé la hoja de vida era oscura y pequeña, pero ordenada y un tanto subida de austeridad. No me sentí mal, pero el trabajo seguía inmerso en un halo de misterio. Una bella secretaria me anunció que la doctora me atendería en unos minutos y me senté un rato a esperar, al cabo del cual salió otra aspirante, que nunca volví a ver, tras la cual venía una preciosa niña pelirroja que parecía porrista de noveno grado, pero que la secretaria me presentó como la doctora.
Y doctora le dije desde entonces hasta el día de agosto en que renuncié, porque me echó y no quise quedarme los ocho días de gracia que me correspondían. La doctora se llamaba Dasha Roa, la secretaria bella, Dorita, y la entidad a la que me presenté a trabajar era la Corporación Red de Trasplantes, la única entidad que por entonces hacía coordinación de trasplantes en Bogotá.
Yo no recuerdo bien la entrevista, pero sí el proceso de selección: una cosa que parecía un reality y durante el cual se fue aclarando paulatinamente la naturaleza de mi nueva labor. En las mañanas teníamos charlas con un intensivista en la Clínica San Rafael, para lo cual teníamos que preparar el tema el día anterior, cosa que al principio consideraba entretenida, pero para la cual no tenía mucho tiempo y terminó aburriéndome hasta los huesos. Como la cosa era con inotrópicos y ventiladores mecánicos y yo no tenía idea del asunto, me relajé pensando que de las cinco participantes, la primera eliminada iba a ser yo, y en las tardes salía de allí a seguir por un rato a las coordinadoras en sus recorridos, para luego revisar de nuevo el periódico y entregar más hojas de vida, porque estaba convencida de que aquello del cuidado intensivo no podría ser lo mío. Luego viajaba a mi casa, a dos horas de Bogotá, dormía con mis hijos y nuevamente madrugaba porque en fin de cuentas, no tenía nada qué perder y nada más qué hacer. En cambio, tenía curiosidad por entender de qué se trataba, cómo se hacía, si existía realmente el dichoso trabajo.
"Trabajar con donantes de órganos", me había dicho la doctora Roa: yo no sabía cómo podría hacerse eso pero me parecía muy bello el tema de la donación y quería comprender. Esa semana, sin embargo, no pude. En las sesiones de la mañana me fue como a los perros en misa, porque mis colegas iban muy preparadas y como yo no tenía idea de lo que estaban hablando, me limitaba a escuchar y a abrir los ojos y asentir, como cuando era estudiante en las revistas de medicina interna, donde los residentes peleaban por abrumar al docente con cifras y estudios de último minuto mientras nosotros la sudábamos gruesa rogando al cielo que no nos preguntara cuando él volteaba a mirarnos.
La más pila en el entrenamiento era por mucho Ana Carolina Velásquez, una flaca de rasgos árabes y cabello rizado, negro como sus ojos enormes, que detrás de sus gafas brillaban con el afán de una competitividad gentil, pero muy mal disimulada. Para todas, los cinco días de prueba pasaron sin novedades y a todas nos citaron en la oficina -Creo que era sábado- para darnos los resultados de aquella curiosa selección. No entendí muy bien cómo pasó, porque recuerdo que eran dos cupos, yo había quedado como de cuarta o quinta, pero al final quedé de segunda, sobrepasada por Ana, y para mi sorpresa y yo creo que la de ellas, me dieron el trabajo. Ellas eran cuatro médicas: la doctora Dasha, que dirigía la Corporación, Carolina y Ximena Escobar, que solo compartían el apellido y la amistad de Dasha, una desde la universidad y la otra durante el colegio, pero no eran familiares entre sí, y una cuarta médica callada y de aspecto muy dulce, llamada Alexandra Betancourt.
Y así, pues, en diciembre de 2005 comenzó oficialmente mi historia en la dichosa Red de Trasplantes.
lunes, abril 26, 2010
Diecinueve de abril
Y entonces tengo muchas dificultades para aceptar la autoridad cuando no me da la gana. Viéndolo seriamente, no sé porqué es así, pero me ocasiona problemas todo el tiempo conmigo misma –también con otras personas, por lo que evito la interacción excesiva y el roce social de casi toda clase-. No me quiero levantar, no quiero ir a hacer la ronda, no quiero recoger estampitas ni quiero ver muertos y en eso consiste mi trabajo. Puedo echarle la culpa a otras cosas, pero lo que en realidad me choca es recibir el bloqueo que ejerce sobre mí la autoridad de los otros, porque entiendo que existe pero la detesto.
Es complicado salir, tomar el carro, el bus o lo que sea e ir a una ciudad que queda a una hora o más horas de la mía para recibir unos sellos y unas firmas que tardo diez minutos en recolectar. Nunca he estado de acuerdo con el sistema de las visitas para detectar donantes potenciales, pero lo sigo haciendo. Es un gran motivo de enojo, pero el enojo es conmigo.
Últimamente siento que me gustaría quedarme aquí, en la pequeña casita donde soy Blancanieves y hago el aseo para mis tres enanos –cuatro, realmente, si cuento a mi hermano e ignoro sus treinta centímetros por encima de mi-, almuerzo a mediodía, los recojo del colegio, los saco al parque, les hago café y palomitas, peleamos, jugamos, dormimos juntos y somos más felices que rabiosos aunque rabiosos todos. Y no tener que hacer la estadística en el formato que desde el año pasado estoy criticando con una insistencia que sé molesta para la Secretaría, por cuanto he disminuido su intensidad.
No he hecho la de marzo, y apenas me senté aquí, antes de abrir el Word para escribir esto que se va al blog, supongo, miré el correo que abrí para las cuestiones de la secretaría de Salud, al que sagradamente me llegan todos los meses el cronograma de los turnos que las IPS trasplantadoras deben cumplir y un mensajito del pobre ingeniero responsable de la recolección de los datos, recordándome que mi retraso le complica su joven existencia: el mismo reclamo que me hizo este mes por vía telefónica, pero que aún no me llega por escrito. ¿Por qué querré que me regañen por escrito? ¿Y por qué no me han regañado todavía en abril? Será que se cansaron de mi? ¿Ya no les amarga la vida mi retraso tanto como a mí me amarga llenar el formato este que a la larga viene a ser el trabajo que me permite mantener la casita de los cuatro enanos y sentarme a escribir esto en horas en que otras personas son esclavas de un horario y de unas paredes que no conforman su propio hogar?
Es decir, ¿Qué es lo tan malo de mi trabajo, que es tan bueno que aparentemente muchos otros médicos podrían querer tenerlo, y yo lo maltrato con esta actitud desobligante, puerca y terca? Quizá encuentre parte de la respuesta en cosas como la llamada que recibí hace dos minutos, mientras escribía, donde el jefe de enfermería de Facatativá me sentencia a dejar la escritura, empacar el ordenador, coger la carpeta negra y la azul, y los tubos verdes y la cobija de colores –por si acaso-, sacar el carro y viajar para preguntarle a una familia otra vez si quieren ser donantes. Pero sí tiene mucho que ver conmigo, con lo que no domino de mi y eso no es una certeza, es una confesión que debo hacerme y hacerle al que me lee antes de seguir escribiendo sobre estas cosas.
Bueno, me voy. El ejercicio queda a medias, pero por el momento me siento mejor.
miércoles, marzo 31, 2010
Un sacudón de alas
Porque la principal intención al escribir este blog era quizá la de desahogarme.
Como de todas formas uno tiene derecho a expresarse libremente, o eso al menos creemos, aunque el tiempo de esa expresión pueda ser limitado por una u otra causa, yo quería tener un blog y hablar libremente de lo que pasa al interior de mi entorno laboral. Mi trabajo tiene la condición -que no creo particular- de ser buena parte de mi propia vida, por aquello de la disponibilidad permanente a responder una alerta, cualquier día, a cualquier horz y en cualquier punto de Cundinamarca, en mi caso concreto.
Por otra parte, la coordinación de trasplantes tiene una bella particularidad: el ejercicio exitoso de este trabajo implica que se revele la mejor, la más digna y más venerable cara de otros seres humanos. Los donantes dan de lo que les es sagrado, de lo que más aman y más respetan, para que otros, desconocidos, no escogidos, se sirvan de su regalo sin retribución y de la manera en que decidan hacerlo en adelante. Es la mejor cara de los donantes, pero no la nuestra. La nuestra es una comunidad imperfecta donde cometemos errores, manejamos orgullos grotescos y probablemente, niveles de egoísmo inconcebibles para personas que somos testigos cotidianos de la generosidad sin límites.
Hablo de mi porque es de lo único que puedo hablar con autoridad, y es desde lo que soy que juzgo complicado este entorno que aún creo podría ser una maravillosa red construída con lo mejor de nuestro espíritu. He estado más de dos años en la red de trasplantes y sigo lamentando la manera en que hacemos nuestro trabajo. Lamento, sobre todo, que no haya todos los coordinadores de trasplantes entrenados que necesitamos en nuestro país, que no seamos colegas sino competidores y que no estemos dispuestos a apoyarnos, sino en pie de lucha para no salir destrozados por quienes hacen lo mismo que nosotros. Y lo diré para desahogarme, de la manera en que puedo hacerlo y con la esperanza de encontrar y explorar en los lectores de estas lineas, las ideas que yo ya no tengo para mejorar las cosas en la que podría ser una de las más emocionantes facetas de ser médico.
Con esta explicación no pedida, retomo el rumbo.
Primera reflexión
Primera reflexión
Durante la primera discusión en clase abordamos varios aspectos de la relación entre la educación y las TIC en el mundo contemporáneo. De todos los aportes y reflexiones, lo que me parece más relevante es que para ampliar las condiciones de acceso a la educación a nivel global, las TIC ya no son una mera oportunidad sino el camino por el que inevitablemente transitan todas las estrategias y políticas de desarrollo. Para sustentar esta idea utilizaré tres argumentos, apoyados en las lecturas correspondientes a esta segunda semana de trabajo.
En primer lugar, al estimular el uso de nuevas tecnologías, las políticas de desarrollo económico están potenciando directamente la educación mediada por TIC. Las comunicaciones son parte estratégica del modelo económico internacional porque hacen posibles las negociaciones del mercado. Dada la eficiencia de las TIC para agilizar los procesos comunicativos, las competencias laborales asociadas con uso y apropiación de nuevas tecnologías obligan a una formación cada vez más fuerte y actualizada de los profesionales, que les garantice la consecución de empleo: este se convierte en un valor agregado de la educación virtual, que puede ser eficiente en términos económicos al aumentar la cobertura, ser adaptable a los tiempos y brindar educación de mayor calidad y diversidad, aún en áreas de difícil acceso (Haddad, 2007).
En segundo lugar, el énfasis de muchos programas de asistencia y cooperación a poblaciones vulnerables implica la toma de decisiones de calidad a distancia, en aspectos tan diversos como telemedicina, manejo de emergencias y desastres, proyectos de ingeniería, arquitectura e investigación entre otros. El impulso de la conectividad en condiciones adversas potencia el desarrollo de soluciones permanentes, que a mediano plazo pueden quedarse en la comunidad y facilitar los procesos educativos a distancia. Las experiencias son múltiples y han demostrado que cualquier elemento de conectividad puede ser utilizado creativamente con estos fines, tanto en el caso de la radio como en el de la televisión, los proyectos multimedia y el internet. Como lo demuestra Haddad, el crecimiento en el acceso para todos los casos es exponencial y representa una oportunidad para la educación propiciada por dinámicas sociales muy diversas.
Por último, hay que recordar que la educación en sí misma potencia el bienestar de las personas. En palabras de Haddad, (2007) tanto los tomadores de decisiones como la población en general reconocen al unísono que la educación es crucial para el desarrollo económico. A su vez, la educación misma se ha trasformado: la posibilidad de acceder a toda clase de información, así como las herramientas para capacitarse a través de nuevas tecnologías plantean un cambio de paradigma en la relación entre el docente y el dicente, que ya permea nuestras aulas y la manera en que nos relacionamos como seres humanos. Hemos entendido que desde siempre la educación y la comunicación humanas han estado estrechamente vinculadas a través de las tecnologías (Brunner, 2003), y que lo que sucede es que hoy los intercambios son mediados por herramientas cada vez más veloces. Ahora la sabiduría es un abanico de posibilidades no exclusivas, que se despliegan al reconocer a los demás individuos como puentes poderosos hacia la información. Es la paradoja cotidiana entre un abuelo profesor y su pequeño nieto, con una tableta conectada a Internet: ya no es tan claro quién le cuenta el cuento a quién, ¿no creen?.
Asumiendo estas realidades como parte de mi labor docente, algunas de las preguntas motivadoras para este semestre son: ¿cómo quiero asumir las nuevas condiciones que me plantean las TIC para el desarrollo de actividades pedagógicas en el área de la salud? ¿Qué riesgos debo tener en cuenta al proponer un ambiente de aprendizaje apoyado con nuevas tecnologías? ¿Cómo puedo vincularme o crear redes docentes para el constante intercambio de experiencias con TIC? y ¿Cómo se financian estos ambientes de aprendizaje? ¿Qué costos pueden llegar a tener?
Nos vemos mañana en clase.
Referencias
Brunner, J. J., & Tedesco, J. C. (2003). La educación al encuentro de las nuevas tecnologías. Las nuevas tecnologías y el futuro de la educación. IIPE, UNESCO. Buenos Aires: Septiembre Grupo Editor. Página 17. Consultado el 5 -8-14 en: https://sicuaplus.uniandes.edu.co/webapps/portal/frameset.jsp?tab_tab_group_id=_2_1&url=%2Fwebapps%2Fblackboard%2Fexecute%2Flauncher%3Ftype%3DCourse%26id%3D_46661_1%26url%3D
Haddad, W. D (2007). ICTs for Education. A Reference Handbook. Parte 2, Capítulo 5. Consultado el 5 -8-14 en: https://sicuaplus.uniandes.edu.co/webapps/portal/frameset.jsp?tab_tab_group_id=_2_1&url=%2Fwebapps%2Fblackboard%2Fexecute%2Flauncher%3Ftype%3DCourse%26id%3D_46661_1%26url%3D