viernes, abril 30, 2010

Primero el huevo.

Del servicio social obligatorio volví a mediados de 2005, a buscar trabajo. Como estaba desempleada y por esa época andaba en su punto más difícil la crisis del Instituto Materno Infantil me uní ad-honórem por un par de meses al grupo que luchaba por mantener abierto ese hospital, con lo que mis ahorros del rural rápidamente desaparecieron, pero yo la pasé bueno, me sentí útil y Materno se salvó en fin de cuentas, que era lo importante.

Luego de esos meses turbulentos pero de cierto modo felices, reemprendí la búsqueda de un trabajo remunerado. Entre tantos avisos del periódico, me llamó la atención uno donde solicitaban médicas: únicamente mujeres, con una serie de cualidades que ya no recuerdo pero que consideré que tal vez podría llenar o, cuando menos, aparentar. Me pareció que debía tratarse de algún asunto de estética o de apoyo en pediatría, pero el cargo no estaba especificado en el aviso.

La oficina en la que dejé la hoja de vida era oscura y pequeña, pero ordenada y un tanto subida de austeridad. No me sentí mal, pero el trabajo seguía inmerso en un halo de misterio. Una bella secretaria me anunció que la doctora me atendería en unos minutos y me senté un rato a esperar, al cabo del cual salió otra aspirante, que nunca volví a ver, tras la cual venía una preciosa niña pelirroja que parecía porrista de noveno grado, pero que la secretaria me presentó como la doctora.

Y doctora le dije desde entonces hasta el día de agosto en que renuncié, porque me echó y no quise quedarme los ocho días de gracia que me correspondían. La doctora se llamaba Dasha Roa, la secretaria bella, Dorita, y la entidad a la que me presenté a trabajar era la Corporación Red de Trasplantes, la única entidad que por entonces hacía coordinación de trasplantes en Bogotá.

Yo no recuerdo bien la entrevista, pero sí el proceso de selección: una cosa que parecía un reality y durante el cual se fue aclarando paulatinamente la naturaleza de mi nueva labor. En las mañanas teníamos charlas con un intensivista en la Clínica San Rafael, para lo cual teníamos que preparar el tema el día anterior, cosa que al principio consideraba entretenida, pero para la cual no tenía mucho tiempo y terminó aburriéndome hasta los huesos. Como la cosa era con inotrópicos y ventiladores mecánicos y yo no tenía idea del asunto, me relajé pensando que de las cinco participantes, la primera eliminada iba a ser yo, y en las tardes salía de allí a seguir por un rato a las coordinadoras en sus recorridos, para luego revisar de nuevo el periódico y entregar más hojas de vida, porque estaba convencida de que aquello del cuidado intensivo no podría ser lo mío. Luego viajaba a mi casa, a dos horas de Bogotá, dormía con mis hijos y nuevamente madrugaba porque en fin de cuentas, no tenía nada qué perder y nada más qué hacer. En cambio, tenía curiosidad por entender de qué se trataba, cómo se hacía, si existía realmente el dichoso trabajo.

"Trabajar con donantes de órganos", me había dicho la doctora Roa: yo no sabía cómo podría hacerse eso pero me parecía muy bello el tema de la donación y quería comprender. Esa semana, sin embargo, no pude. En las sesiones de la mañana me fue como a los perros en misa, porque mis colegas iban muy preparadas y como yo no tenía idea de lo que estaban hablando, me limitaba a escuchar y a abrir los ojos y asentir, como cuando era estudiante en las revistas de medicina interna, donde los residentes peleaban por abrumar al docente con cifras y estudios de último minuto mientras nosotros la sudábamos gruesa rogando al cielo que no nos preguntara cuando él volteaba a mirarnos.

La más pila en el entrenamiento era por mucho Ana Carolina Velásquez, una flaca de rasgos árabes y cabello rizado, negro como sus ojos enormes, que detrás de sus gafas brillaban con el afán de una competitividad gentil, pero muy mal disimulada. Para todas, los cinco días de prueba pasaron sin novedades y a todas nos citaron en la oficina -Creo que era sábado- para darnos los resultados de aquella curiosa selección. No entendí muy bien cómo pasó, porque recuerdo que eran dos cupos, yo había quedado como de cuarta o quinta, pero al final quedé de segunda, sobrepasada por Ana, y para mi sorpresa y yo creo que la de ellas, me dieron el trabajo. Ellas eran cuatro médicas: la doctora Dasha, que dirigía la Corporación, Carolina y Ximena Escobar, que solo compartían el apellido y la amistad de Dasha, una desde la universidad y la otra durante el colegio, pero no eran familiares entre sí, y una cuarta médica callada y de aspecto muy dulce, llamada Alexandra Betancourt.

Y así, pues, en diciembre de 2005 comenzó oficialmente mi historia en la dichosa Red de Trasplantes.

lunes, abril 26, 2010

Diecinueve de abril

Estoy sentada en frente del computador, tal como lo sugiere el artículo que estoy leyendo sobre el bloqueo del escritor. Saqué estas copias de entre un montón de papeles arrumados en la maleta azul que quiere pero no va a ninguna parte, y creo que le estoy obedeciendo –me detengo, escribo diez minutos cualquier cosa y luego vuelvo a la lectura- porque en mucho tiempo es la primera vez que siento que recibo una orden razonable. No es que haya tenido ausencia de órdenes razonables, ni siquiera se trata de una protesta frente a un sistema incoherente. En realidad se debe a que no tuve claro nunca qué quería ser en la vida, pero estaba segura de que no quería tener ningún jefe.

Y entonces tengo muchas dificultades para aceptar la autoridad cuando no me da la gana. Viéndolo seriamente, no sé porqué es así, pero me ocasiona problemas todo el tiempo conmigo misma –también con otras personas, por lo que evito la interacción excesiva y el roce social de casi toda clase-. No me quiero levantar, no quiero ir a hacer la ronda, no quiero recoger estampitas ni quiero ver muertos y en eso consiste mi trabajo. Puedo echarle la culpa a otras cosas, pero lo que en realidad me choca es recibir el bloqueo que ejerce sobre mí la autoridad de los otros, porque entiendo que existe pero la detesto.

Es complicado salir, tomar el carro, el bus o lo que sea e ir a una ciudad que queda a una hora o más horas de la mía para recibir unos sellos y unas firmas que tardo diez minutos en recolectar. Nunca he estado de acuerdo con el sistema de las visitas para detectar donantes potenciales, pero lo sigo haciendo. Es un gran motivo de enojo, pero el enojo es conmigo.

Últimamente siento que me gustaría quedarme aquí, en la pequeña casita donde soy Blancanieves y hago el aseo para mis tres enanos –cuatro, realmente, si cuento a mi hermano e ignoro sus treinta centímetros por encima de mi-, almuerzo a mediodía, los recojo del colegio, los saco al parque, les hago café y palomitas, peleamos, jugamos, dormimos juntos y somos más felices que rabiosos aunque rabiosos todos. Y no tener que hacer la estadística en el formato que desde el año pasado estoy criticando con una insistencia que sé molesta para la Secretaría, por cuanto he disminuido su intensidad.

No he hecho la de marzo, y apenas me senté aquí, antes de abrir el Word para escribir esto que se va al blog, supongo, miré el correo que abrí para las cuestiones de la secretaría de Salud, al que sagradamente me llegan todos los meses el cronograma de los turnos que las IPS trasplantadoras deben cumplir y un mensajito del pobre ingeniero responsable de la recolección de los datos, recordándome que mi retraso le complica su joven existencia: el mismo reclamo que me hizo este mes por vía telefónica, pero que aún no me llega por escrito. ¿Por qué querré que me regañen por escrito? ¿Y por qué no me han regañado todavía en abril? Será que se cansaron de mi? ¿Ya no les amarga la vida mi retraso tanto como a mí me amarga llenar el formato este que a la larga viene a ser el trabajo que me permite mantener la casita de los cuatro enanos y sentarme a escribir esto en horas en que otras personas son esclavas de un horario y de unas paredes que no conforman su propio hogar?

Es decir, ¿Qué es lo tan malo de mi trabajo, que es tan bueno que aparentemente muchos otros médicos podrían querer tenerlo, y yo lo maltrato con esta actitud desobligante, puerca y terca? Quizá encuentre parte de la respuesta en cosas como la llamada que recibí hace dos minutos, mientras escribía, donde el jefe de enfermería de Facatativá me sentencia a dejar la escritura, empacar el ordenador, coger la carpeta negra y la azul, y los tubos verdes y la cobija de colores –por si acaso-, sacar el carro y viajar para preguntarle a una familia otra vez si quieren ser donantes. Pero sí tiene mucho que ver conmigo, con lo que no domino de mi y eso no es una certeza, es una confesión que debo hacerme y hacerle al que me lee antes de seguir escribiendo sobre estas cosas.

Bueno, me voy. El ejercicio queda a medias, pero por el momento me siento mejor.

Primera reflexión

Primera reflexión

Durante la primera discusión en clase abordamos varios aspectos de la relación entre la educación y las TIC en el mundo contemporáneo. De todos los aportes y reflexiones, lo que me parece más relevante es que para ampliar las condiciones de acceso a la educación a nivel global, las TIC ya no son una mera oportunidad sino el camino por el que inevitablemente transitan todas las estrategias y políticas de desarrollo. Para sustentar esta idea utilizaré tres argumentos, apoyados en las lecturas correspondientes a esta segunda semana de trabajo.

En primer lugar, al estimular el uso de nuevas tecnologías, las políticas de desarrollo económico están potenciando directamente la educación mediada por TIC. Las comunicaciones son parte estratégica del modelo económico internacional porque hacen posibles las negociaciones del mercado. Dada la eficiencia de las TIC para agilizar los procesos comunicativos, las competencias laborales asociadas con uso y apropiación de nuevas tecnologías obligan a una formación cada vez más fuerte y actualizada de los profesionales, que les garantice la consecución de empleo: este se convierte en un valor agregado de la educación virtual, que puede ser eficiente en términos económicos al aumentar la cobertura, ser adaptable a los tiempos y brindar educación de mayor calidad y diversidad, aún en áreas de difícil acceso (Haddad, 2007).

En segundo lugar, el énfasis de muchos programas de asistencia y cooperación a poblaciones vulnerables implica la toma de decisiones de calidad a distancia, en aspectos tan diversos como telemedicina, manejo de emergencias y desastres, proyectos de ingeniería, arquitectura e investigación entre otros. El impulso de la conectividad en condiciones adversas potencia el desarrollo de soluciones permanentes, que a mediano plazo pueden quedarse en la comunidad y facilitar los procesos educativos a distancia. Las experiencias son múltiples y han demostrado que cualquier elemento de conectividad puede ser utilizado creativamente con estos fines, tanto en el caso de la radio como en el de la televisión, los proyectos multimedia y el internet. Como lo demuestra Haddad, el crecimiento en el acceso para todos los casos es exponencial y representa una oportunidad para la educación propiciada por dinámicas sociales muy diversas.

Por último, hay que recordar que la educación en sí misma potencia el bienestar de las personas. En palabras de Haddad, (2007) tanto los tomadores de decisiones como la población en general reconocen al unísono que la educación es crucial para el desarrollo económico. A su vez, la educación misma se ha trasformado: la posibilidad de acceder a toda clase de información, así como las herramientas para capacitarse a través de nuevas tecnologías plantean un cambio de paradigma en la relación entre el docente y el dicente, que ya permea nuestras aulas y la manera en que nos relacionamos como seres humanos. Hemos entendido que desde siempre la educación y la comunicación humanas han estado estrechamente vinculadas a través de las tecnologías (Brunner, 2003), y que lo que sucede es que hoy los intercambios son mediados por herramientas cada vez más veloces. Ahora la sabiduría es un abanico de posibilidades no exclusivas, que se despliegan al reconocer a los demás individuos como puentes poderosos hacia la información. Es la paradoja cotidiana entre un abuelo profesor y su pequeño nieto, con una tableta conectada a Internet: ya no es tan claro quién le cuenta el cuento a quién, ¿no creen?.

Asumiendo estas realidades como parte de mi labor docente, algunas de las preguntas motivadoras para este semestre son: ¿cómo quiero asumir las nuevas condiciones que me plantean las TIC para el desarrollo de actividades pedagógicas en el área de la salud? ¿Qué riesgos debo tener en cuenta al proponer un ambiente de aprendizaje apoyado con nuevas tecnologías? ¿Cómo puedo vincularme o crear redes docentes para el constante intercambio de experiencias con TIC? y ¿Cómo se financian estos ambientes de aprendizaje? ¿Qué costos pueden llegar a tener?

Nos vemos mañana en clase.

Referencias

Brunner, J. J., & Tedesco, J. C. (2003). La educación al encuentro de las nuevas tecnologías. Las nuevas tecnologías y el futuro de la educación. IIPE, UNESCO. Buenos Aires: Septiembre Grupo Editor. Página 17. Consultado el 5 -8-14 en: https://sicuaplus.uniandes.edu.co/webapps/portal/frameset.jsp?tab_tab_group_id=_2_1&url=%2Fwebapps%2Fblackboard%2Fexecute%2Flauncher%3Ftype%3DCourse%26id%3D_46661_1%26url%3D

Haddad, W. D (2007). ICTs for Education. A Reference Handbook. Parte 2, Capítulo 5. Consultado el 5 -8-14 en: https://sicuaplus.uniandes.edu.co/webapps/portal/frameset.jsp?tab_tab_group_id=_2_1&url=%2Fwebapps%2Fblackboard%2Fexecute%2Flauncher%3Ftype%3DCourse%26id%3D_46661_1%26url%3D