Anhelar no llama a la acción, no sirve para nada. ¿Por qué perdemos tanto tiempo anhelando que sucedan cosas? A mi solo me suceden cuando el anhelo no es intencional. En cambio, si realmente quiero que algo pase, si pienso en ello y le pongo empeño de pequeña bruja, suele pasar exactamente todo lo contrario. Por eso ya no miro los partidos de fútbol que me generan alguna emoción, por eso tampoco compro loterías. He sabido exactamente cuándo me voy a ganar algo sin haberlo deseado, solo sabiendo que así será. No hay mérito, pero sí premonición. Cosas académicas, pero también cosas insulsas: el florerito de la rifa escolar, la botella de tequila en otra rifa de la universidad... Cosas definitivas como el sexo y muchos detalles del fenotipo de cada uno de mis hijos, todo lo supe con certeza sin que pueda explicar por qué lo sabía. Asumo que le sucede a mucha gente y que en ese tipo de misticismos y casualidades se apoyan los curanderos de la competencia cuando prometen curar males a punta de fe y luego conservan por muchos años una clientela fiel.
Dos meses después de haberme sentido tan mal en esa buseta, esperaba la madrugada en Nueva York para ir a visitar el sitio de la catástrofe con un pequeño grupo de nuevos amigos. El lugar estaba cercado unos dos kilómetros a la redonda y caminamos mucho, viendo interminables parches de fotos, flores, velas, peluches y carteles llenando las cercas de un dolor azul y blanco que me pareció que debía ser costosísimo. Muy de lejos, se podían ver desde algunos puntos las inmensas vigas retorcidas. Tomamos algunas fotos. Lo impresionante, lo que más me aterrorizó y que cargo conmigo para siempre, es ese olor indescriptible del exterminio a gran escala. Una cosa metálica, acre, densísima que se me atornilló en la pituitaria. Nada más huele así: ese es el olor de los anhelos idiotas y yo me merezco ese recuerdo. Hoy me sabe a eso la tarde, hoy no debería pensar.