jueves, noviembre 12, 2009

Adiós casa


Hace unas semanas leí, en uno de los grandes ventanales sin rejas del segundo piso, el aviso de rigor de que van a demoler la casa en que mi hermano y yo pasamos los primeros días de nuestra infancia. Es una casa grande esquinera situada en un terreno rectangular, un cubo de muros de ladrillo estucados y pintados de amarillo, con una azotea a la que le colocaron columnas improvisadas y tejas de zinc, que tratan de valer por un tercer piso. Hay un enorme local en el que mi padre y sus hermanos tenían una papelería de barrio repleta de material de arquitectura y dibujo, con la que se ganaban la vida en los años en que no había tanta Panamericana suelta por la ciudad. Cuando yo vivía en ella, la casa era una promesa sin cumplir en obra gris. Las paredes no estaban pintadas aún: apenas el cuarto de nosotros alcanzó a teñirse de azul cielo por obra de mi madre, que consideraba necesario que por lo menos esa parte de la casa tuviera un aspecto más acogedor. La escalera es una espiral ancha de baldosas moteadas a la que le llueve luz desde muy temprano a través del vidrio de la puerta de la azotea. A cada escalón de por medio le correspondía una matera gruesa, generalmente coronada por un helecho despelucado, alguna mata de lágrima de bebé o cualquier otra cosa verde con hojas que soportara grandes cantidades de agua y poca consideración por parte de los niños. El resto del piso era de cemento basto, sin acabados, se desmoronaba cada vez que mi mamá intentaba barrerlo y era la delicia de los pericos, que dejábamos sueltos por ahí para que se comieran las piedras pequeñas que quedaban entre las grietas, y para que cagaran a sus anchas fuera de la jaula detestable en que los encerrábamos en las noches.

Cuando comencé a ir a las casas de mis compañeros del colegio, me di cuenta de que mi casa era diferente. En el mismo barrio, por esa época, las casas eran muy bien terminadas, con esos techos triangulares que mi casa no tenía, porque en ese tiempo la azotea estaba desnuda, libre para la lluvia y para Quico, el perro temerario que caminaba a sus anchas por toda la orilla, buscando un suicidio que por fortuna nunca perpetró. Fue en ese tiempo que comencé a soñar con vivir en una casa terminada.

Las casas como la mía son realmente muy comunes en Bogotá. Son cambuches inacabados para la batalla cotidiana, generalmente con un local en el primer piso y una azotea con perro descastado, al que se reemplaza según se muere hasta cuando existen los recursos suficientes como para construir el siguiente piso. Una vez terminada la nueva obra (que suele ser un apartamento para arrendar y conseguir la plata suficiente para construir otro piso más), se vuelve a dejar el perro de turno en la azotea.

Los colombianos somos muy batalladores, se dice. Trabajamos incansablemente persiguiendo la promesa de una pensión, buscando la estabilidad económica que para nosotros es el jardín prometido. Mientras tanto no parece importarnos mucho que la casa no sea muy bonita o que los períodos de descanso no sean muy frecuentes. Para eso alargamos imaginariamente las vacaciones de fin de año: es un pacto implícito por el que todos en la ciudad adelantamos la Navidad casi desde octubre y estamos terminando de retirar los arreglos y las luces callejeras en marzo siguiente. Nos dedicamos a soñar en el bus atestado de la mañana que algún día tendremos, no sabemos exactamente qué, pero por lo menos tiempo libre, y la posibilidad de trastearnos a un lugar mejor. Poco antes de mudarnos de mi casa, una noche de desvelo, mi hermano menor y yo pasamos mucho tiempo hablando de esos sueños, construyendo con la imaginación lo que a estas alturas debían ser dos impresionantes complejos urbanísticos de lujo, vecinos uno del otro, llenos de piscinas, caballos, varios perros labradores educados para permanecer en el primer piso, jardines y prado para correr y muchas habitaciones con armarios grandes, muebles blandos para saltar y empleadas para limpiar, una y otra cosa nuestra dispuesta para experimentar y perder el tiempo, porque no creíamos que nuestras ganas de jugar se pudieran acabar con la madurez, aunque luego supimos que la madurez termina siendo precisamente eso.

Nos fuimos a una casa terminada, lo cual era la felicidad para mi madre, quien deseaba con todas sus fuerzas poder trapear un piso normal. Fue un período corto pero feliz en nuestra vida. Sin saber porqué, de pronto, otra noche pocos años después, mi hermano y yo nos encontramos desvelados de nuevo, tratando de recrear ese sueño feliz, que no logró ser tan vivo y encantador, al menos para mi, pero durante el cual nos propusimos, además de las otras cosas ya planeadas, recuperar la antigua casa en donde jugábamos muy a nuestras anchas y no teníamos que cuidar tanto el aseo del piso. El tío paterno que se quedó con ella y se mudó con su familia a vivir allí ya estaba instalando pisos y pintando paredes, con lo que no sabía yo si un cambio sustancial de sentimiento iba a producirse cuando volviéramos algún día.

Pasados unos años volví a entrar, y seguí conservando el deseo íntimo de recuperar mi maltrecha casa de ventanales grandes. Incluso cuando supe que la iban a vender, seguí alimentando la esperanza de que un milagro o algo semejante me proporcionara el dinero suficiente para adquirirla. Por dentro es muy distinta, pero por fuera sigue siendo casi la misma casa de mi infancia.

La constructora avisa también en el letrero que hará una vivienda multifamiliar de tres pisos. Estará bien, claro. Recuperar la casa era una ilusión que al hacerse real sería un desastre financiero para mi. Objetivamente, la casa está bien ubicada pero mal distribuída, y su dueño no tiene una mejor opción que la de demolerla. De todas maneras, por muchos años ese sueño fue parte de aquello que me permitía tolerar, esperar, hacerme cargo de la vida con la ilusión de que fuera larga para que, en algún momento, pudiera llegar a valer la pena. Será por eso que nos cuesta tanto morir tan rápido, por eso tal vez es tan difícil aceptar que la vida concluya sin haber alcanzado esos propósitos acariciados en el bus de la mañana, las cosas que nos dan fuerza para aguantar una esclavitud sin cadenas, justificada en gran medida por nuestras esperanzas infantiles. Quizá sería más fácil donar los órganos y enterrar el cuerpo si la vida se gozara en el ahora, pero una buena dosis de inmadurez es necesaria para que eso suceda. En este vuelo laboral, viendo tantas personas jóvenes partir de pronto, estoy aprendiendo todavía que la vida se parece mucho a mi casa de la infancia y que todo por dentro, en eterna remodelación, carga sus piedritas de dicha precisamente en las grietas.

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Primera reflexión

Primera reflexión

Durante la primera discusión en clase abordamos varios aspectos de la relación entre la educación y las TIC en el mundo contemporáneo. De todos los aportes y reflexiones, lo que me parece más relevante es que para ampliar las condiciones de acceso a la educación a nivel global, las TIC ya no son una mera oportunidad sino el camino por el que inevitablemente transitan todas las estrategias y políticas de desarrollo. Para sustentar esta idea utilizaré tres argumentos, apoyados en las lecturas correspondientes a esta segunda semana de trabajo.

En primer lugar, al estimular el uso de nuevas tecnologías, las políticas de desarrollo económico están potenciando directamente la educación mediada por TIC. Las comunicaciones son parte estratégica del modelo económico internacional porque hacen posibles las negociaciones del mercado. Dada la eficiencia de las TIC para agilizar los procesos comunicativos, las competencias laborales asociadas con uso y apropiación de nuevas tecnologías obligan a una formación cada vez más fuerte y actualizada de los profesionales, que les garantice la consecución de empleo: este se convierte en un valor agregado de la educación virtual, que puede ser eficiente en términos económicos al aumentar la cobertura, ser adaptable a los tiempos y brindar educación de mayor calidad y diversidad, aún en áreas de difícil acceso (Haddad, 2007).

En segundo lugar, el énfasis de muchos programas de asistencia y cooperación a poblaciones vulnerables implica la toma de decisiones de calidad a distancia, en aspectos tan diversos como telemedicina, manejo de emergencias y desastres, proyectos de ingeniería, arquitectura e investigación entre otros. El impulso de la conectividad en condiciones adversas potencia el desarrollo de soluciones permanentes, que a mediano plazo pueden quedarse en la comunidad y facilitar los procesos educativos a distancia. Las experiencias son múltiples y han demostrado que cualquier elemento de conectividad puede ser utilizado creativamente con estos fines, tanto en el caso de la radio como en el de la televisión, los proyectos multimedia y el internet. Como lo demuestra Haddad, el crecimiento en el acceso para todos los casos es exponencial y representa una oportunidad para la educación propiciada por dinámicas sociales muy diversas.

Por último, hay que recordar que la educación en sí misma potencia el bienestar de las personas. En palabras de Haddad, (2007) tanto los tomadores de decisiones como la población en general reconocen al unísono que la educación es crucial para el desarrollo económico. A su vez, la educación misma se ha trasformado: la posibilidad de acceder a toda clase de información, así como las herramientas para capacitarse a través de nuevas tecnologías plantean un cambio de paradigma en la relación entre el docente y el dicente, que ya permea nuestras aulas y la manera en que nos relacionamos como seres humanos. Hemos entendido que desde siempre la educación y la comunicación humanas han estado estrechamente vinculadas a través de las tecnologías (Brunner, 2003), y que lo que sucede es que hoy los intercambios son mediados por herramientas cada vez más veloces. Ahora la sabiduría es un abanico de posibilidades no exclusivas, que se despliegan al reconocer a los demás individuos como puentes poderosos hacia la información. Es la paradoja cotidiana entre un abuelo profesor y su pequeño nieto, con una tableta conectada a Internet: ya no es tan claro quién le cuenta el cuento a quién, ¿no creen?.

Asumiendo estas realidades como parte de mi labor docente, algunas de las preguntas motivadoras para este semestre son: ¿cómo quiero asumir las nuevas condiciones que me plantean las TIC para el desarrollo de actividades pedagógicas en el área de la salud? ¿Qué riesgos debo tener en cuenta al proponer un ambiente de aprendizaje apoyado con nuevas tecnologías? ¿Cómo puedo vincularme o crear redes docentes para el constante intercambio de experiencias con TIC? y ¿Cómo se financian estos ambientes de aprendizaje? ¿Qué costos pueden llegar a tener?

Nos vemos mañana en clase.

Referencias

Brunner, J. J., & Tedesco, J. C. (2003). La educación al encuentro de las nuevas tecnologías. Las nuevas tecnologías y el futuro de la educación. IIPE, UNESCO. Buenos Aires: Septiembre Grupo Editor. Página 17. Consultado el 5 -8-14 en: https://sicuaplus.uniandes.edu.co/webapps/portal/frameset.jsp?tab_tab_group_id=_2_1&url=%2Fwebapps%2Fblackboard%2Fexecute%2Flauncher%3Ftype%3DCourse%26id%3D_46661_1%26url%3D

Haddad, W. D (2007). ICTs for Education. A Reference Handbook. Parte 2, Capítulo 5. Consultado el 5 -8-14 en: https://sicuaplus.uniandes.edu.co/webapps/portal/frameset.jsp?tab_tab_group_id=_2_1&url=%2Fwebapps%2Fblackboard%2Fexecute%2Flauncher%3Ftype%3DCourse%26id%3D_46661_1%26url%3D