Además de tener una barriga del tamaño del mundo que le permitía permanecer sentada con solo inclinarse hacia adelante, Angie sonreía con la calma que tienen los viejos y las personas que ya se van a morir. Necesitaba un trasplante hepático que no fue posible.
Su papá se apellida Bolívar, y por Bolívar es que todo el mundo lo reconoce en la vereda El Arracachal (Región muy fructífera para ese odioso tubérculo por cuanto lleva su nombre), al que llegó a trabajar cuidando una finca, con Patricia, su esposa, y sus otros cuatro niños, por la misma época en que yo trabajaba en la Corporación. Mi mamá, que se hace cargo de los niños de los vecinos cuando puede y se la necesita, se enteró de la existencia de esta familia por lo que de ellos era más destacado: la niña enferma de la barriga prominente. Alguien le habló a Bolivar de mi trabajo con los trasplantes. Por esa época yo andaba ya de salida, con problemas laborales, frustrada e imaginando en cada buseta lo que se sentiría el tiro en la cabeza desde sus diversos ángulos posibles: por detrás, por delante, entrando desde el cuello medial hacia el vértex, ése que me parecía se debería sentir un momento como tragando pólvora en combustión, o como algo muy picante... Lo cierto es que en el límite de mis nervios, llegó Angie a mi vida y pensé que podría ser un motivo.
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