Renuncié por fin a Soacha y ya tengo un reemplazo. No sé qué pasa por la cabeza de mi chulo sucesor: tal vez lo han contratado por más plata de la que yo ganaba, o por menos vuelos de los que yo hacía. Y aunque en el Hospital no quieran pagarle mucho, porque después de todos estos años los administrativos sostienen que el programa de trasplante no es rentable, lo harán de todos modos porque no soy yo quien recibe el dinero, seguro -cosa que honestamente me divierte porque tengo ese mismo humor negro patológico de mi madre, que no me enorgullece más de lo que me perjudica- y porque tal vez lo único que les queda por mostrar es el programa de trasplante mismo, como una ramita de olivo que la empresa logra rescatar del desastre en que se ha convertido para el Hospital la aseguradora con la que tiene la mayor parte de facturas pendientes de pago... Se entiende que si en dos años solo había podido hacerse un trasplante, si los pacientes que hay al verse desprotegidos se aferran con desesperación a la mano de la enfermera, Martha, (porque el milagro tiene nombre y es ése solamente), si la gente que puede huye por el retraso en los pagos, si sigue ahí el nefasto auditor interno que en su doble papel se vigila a sí mismo como subdirector científico -y reclama desde alguna de ésas dos investiduras que el nefrólogo traiga su propio tensiómetro para hacer la consulta en un consultorio que, por regla general, debería contar con uno de esos aparatos-, si en el mismo Hospital la gente con cáncer como Ilmer, mi amigo de adolescencia, muere esperando una quimioterapia que nunca llega porque no hay con qué para los que pronto no podrán quejarse y si, sobre todo si, la propia aseguradora que les debe les condiciona a no trasplantar más de un cierto número de casos, dos para ser exacta al mes porque no puede pagar más que ésos trasplantes, quiero decir, les ordena ser tan poco productivos como les sea posible, entonces es más bien complicado sostener en abundancia de rollos y ausencia de procedimientos a un programa de trasplantes.
Con todo admito que, para alguien como yo, un programa de trasplante en Soacha era una idea casi tan encantadora como salvar al San Juan o mantener tranquilo durante un mes a mi esposo. Adoro las causas perdidas, pero empiezo a sentir que las amo más cuando ya me siento por fuera del problema autoimpuesto de salvarlas y puedo verlas desde un blog que nadie más que yo lee.
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