Siempre estoy esperando el milagro. Sentada revisando el Facebook, o en el bus rumbo a la inútil ronda –Perdón porque había prometido a principios de este mes darle un aire de optimismo a todo lo referente a mi trabajo, el pago está retrasado nuevamente y el optimismo volvió a morir. Estoy esperando ése (éste) día en que las cosas se darán de manera natural, se me ocurrirá una idea brillante para salir del atolladero y la musa –el muso- acudirán en mi auxilio y me sacarán de aquí.
Leo novelas ligerísimas y libros de autosuperación, nada más allá de Isabel Allende: es el límite entre lo encantador y lo soporífero. Adoro la novela gringa y la Coca-Cola. Me calma los nervios salir a comprarme algo cuando me pagan y mi mayor problema actual es haber perdido el dinero que consignaba con alguna regularidad el papá de mis dos hijos menores. Es un descalabro. Tengo cinco mil pesos –el billete- más unas monedas, apenas el almuerzo y un pasaje de bus sin retorno con lo que he decidido quedarme en la casa, comer algo aquí cerca y hacer ronda virtual desde el computador. Tengo un sistema que me permite revisar las historias clínicas del Hospital desde cualquier parte, así que me doy el lujo de mirar una por una las evoluciones de los pacientes graves, buscando aquellos con menos esperanza de vivir y más cercanos a ser donantes. Soy un chulo cibernético.
Ayer fue el día más espantoso del año, seguido muy de cerca por el viernes anterior. No han pasado dos semanas y he visto dos cráneos aplastados en el pavimento, sangre que corre y el trancón que deja una hilera como alternativa obligatoria: estar de frente a la desgracia, verla de lado muy despacio, dejarla atrás, recordarla un buen tiempo. Consecuencia es que esta semana las llantas de mi noble Fiat Palio han pisado la sangre de dos personas que tuvieron un trauma tan grande que ni siquiera llegaron a ser potenciales donantes. En estas vías no se necesita ser médico para andar cerca de los muertos inesperados.
No es que necesite un novio exactamente, pero me agradaría tener alguien con quien compartir un sexo más o menos tierno y estable y que además tuviera bajo la manga conversaciones entretenidas y ligeras, largas, con la disposición sublime de darme un masaje de vez en cuando en los pies. No es un esclavo exactamente, porque sería más o menos lo que yo también podría aportar a una relación, dos o tres veces al mes. No sé si eso podría llamarse relación seria, pero sería la relación suficiente en estos momentos en que afronto la maternidad de una adolescente y dos prepúberes. Nadie estaría tan loco como para querer algo así, y no tengo mucho tiempo para buscarlo, pero qué bueno sería y qué alivio es decirlo.
Lo más cerca de conversaciones inteligentes que tengo por ahora con el sexo opuesto es con un colombo-israelí que vive en la más favorable de sus dos patrias, de quien adoro ver fotos de viaje y compartir ironías resentidas, frecuentemente de corte político. Como chatear con él es infrecuente me compensa de alguna manera descubrir coincidencias (mejor poquito que empalagoso), y diría yo que llega a ser inspirador alegar en red con él, porque hay que ver lo mucho que me hace falta tener algún muso para poder cargar con, y descargar esta rutina de peso fluctuante. El judío está un poco loco, también. Me ha pedido que busque unos cosméticos del Mar Muerto en Unicentro, y supongo me lee tan desencajada que me recomendó comerme un helado de ron con pasas a manera de ansiolítico mientras le cumplo el encargo. Está entre mis tareas pendientes, de todas formas, me causa curiosidad conocer cómo pueden ser los cosméticos de allá, si serán gredas pastosas empacadas en cajitas grises con tallas en piedra en la tapa y la cruz de David estampada en la etiqueta como me las imagino.
Guillermo mi hijo va perdiendo religión. Religión, la materia. Es irónico, porque mi mamá es catequista. Pensé que a ella le iba a caer como una patada esa noticia pero se limitó a decir que menos mal que había podido recuperar matemáticas y ciencias sociales, porque religión iba a ser más fácil de pasar este trimestre. Yo creo que va a ser más trabajo duro, para mi. Las labores del colegio de mis hijos me resultan desesperantes al principio, porque creo que ellos deberían hacerlas solos y porque siento que pierdo mi propio tiempo intelectual –já, el mismo que dedico a leer novelas rosa y libros de autosuperación-, pero cuando logro entrar en la tarea, como me pasa con todo, me divierto como niña y pienso que estuvo más perdido el tiempo de mi primaria y bachillerato porque no recuerdo nada de lo que se supone que ya debería saber. Ese tiempo de ir al colegio es para socializar, para hacer amigos, para hacer el oso. Todo lo demás se olvida luego. Este tiempo de las materias perdidas de Guillermo es para socializar con él en concreto, para hablar con él, para volver a hacer el ridículo, verme más humana, vulnerable, falible, bruta. A veces es sublime, a veces es incómodo.
No sé cuánto más durará el vuelo del chulo, creo que soy un chulo apreciado por la comunidad que me apedrea, porque claro que soy un ave desagradable y bullosa, pero eficiente, en fin de cuentas, y seguimos siendo pocos: soy un bicho especial, en vía de extinción por incapacidad reproductiva. Me puedo quedar varios días aquí comiendo de milagro, esperando a que me llamen para una valoración, o a que me paguen, para poder echarle gasolina al pobre Adán Palito y volver a hacer las rondas desagradables. Lo bueno es que algún día pagarán de todos modos y aún puedo estar la mayor parte del tiempo aquí, con mis hijos, en la vida real, donde soy una mujer y camino. He ocultado el blog por ahora porque no sé cómo interpretar el silencio de quienes tuvieron la oportunidad de leerlo: ¿No lo leyeron? ¿No es esto importante? ¿Estoy rematadamente loca? Y de todas formas me tranquiliza haberles dado la oportunidad de leerlo. Ya me he quejado a los gritos, entonces, pase lo que tenga que pasar, éste es un asunto mío por deber y por derecho. Si la cosa no es tan mala, ¿Quién dijo?
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