Ha salido hoy como una buena noticia que se aprobó una nueva ley de donación en Colombia. El texto permite, al menos en la teoría, que cuando no existan pruebas de oposición en vida, todos los colombianos seamos donantes por obligación. La figura, que en realidad no es nueva en nuestro país, tampoco ha sido la panacea en otros contextos. Baste revisar las experiencias de Perú y Chile, en donde la instauración de esta estrategia llevó a un aumento en el número de negativas oficialmente declaradas y a un estancamiento de las tasas de donación. Varios colegas que trabajan en donación están, me parece que con buenos argumentos, muy preocupados por esta novedad normativa.
Yo quiero aprovechar la noticia para reflexionar un poquito más allá de lo que implica la ley en el tema de donación. Quiero referirme a este problema generalizado de nuestros sistemas de salud que se conecta con las bases de la educación médica misma: y es que tenemos cada vez más médicos amaestrados para seguir -de manera por lo menos ansiosa- los argumentos de autoridad que mejor justifiquen sus acciones. Natural, en una estructura formativa que privilegia la vaca sagrada y la clase magistral. Nos entrenamos en entornos clínicos donde la mejor estrategia es no contradecir al superior jerárquico, no preguntar y, en vez de eso, tener la respuesta que más le pueda gustar al docente de turno después de analizar un par de días cuáles son sus fuentes de información preferidas y esculcar en la madrugada, para su complacencia, los últimos artículos del "journal" mejor indexado en el momento.
No hemos sido formados para construir un criterio sustentado en Lex Artis que nos permita decidir con el menor riesgo de dañar y considerando las particularidades y diferencias de cada caso. Construir criterio implica domar el ego para afrontar la posibilidad real de equivocarnos. Para abordar una realidad de medios limitados, en la que hay que tomar las mejores decisiones para los pacientes. Muchas veces, seguir el buen criterio nos obliga a saltarnos los conductos regulares: quien haya tenido una remisión difícil en el rural sabe a qué me refiero.
Seguramente por eso vivimos ansiando la nueva ley y el nuevo decreto que nos de facultades para poder actuar. Y cuando por fin sale, salimos a decir que aún no es suficiente, que tiene vacíos o que está redactado con una evidencia que ya es caduca. Se nos volvió la mejor manera de justificar nuestra inacción. El problema, sin embargo, es que esa actitud neurótica por la normativa rigurosa nos aísla de la esencia de las profesiones. Nos lleva a una "hipertecnificación" del acto médico. No solo van reduciéndose nuestros salarios y nuestro prestigio social: sobre todo impedimos la innovación auténtica, esa que vela por los pacientes. Si a eso le sumamos leyes como la que acaba de salir, completamos un escenario de accionar incoherente y negativo. Bajo ninguna circunstancia pienso saltarme la voluntad de las familias con respecto a la donación de los órganos de su ser querido: son ellos los que inician un proceso de duelo, es a ellos a quienes estoy llamada a proteger. Decidan lo que decidan: ni más faltaba. La norma que no se apoya en el mayor interés social es letra muerta.
A propósito, me encuentro este artículo sobre otro proyecto normativo en Ecuador. La posición del viejo cirujano... parece que estamos todos en las mismas.
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