Es útil ver bailar. Quiero decir que cuando uno se conecta con la belleza de lo que está viendo, resulta que también racionaliza cosas fundamentales de su relación con los demás.
Ayer fuimos a ver el proyecto de Danza Común: un taller de danza contemporánea que trabaja con el contacto creativo de los bailarines, algunos de quienes son personas en condición de discapacidad.
La profesora comenzó con una pequeña lectura acerca del baile contacto que llevan a cabo. Luego, fueron desarrollando instrucciones sucesivas, algunas en pareja y otras individuales. Un ejercicio central consistía en hacer del propio cuerpo un peso muerto con el que el compañero pudiera jugar. El cuerpo de la persona se dejaba mover por el otro como si no pudiera decidir. Como si estuviera muerto.
Otro ejercicio consistió en hacer lo contrario: detener a un bailarín enérgico y lleno de vida. Para las dos instrucciones era vital tener cuidado con el cuerpo, con la integridad del otro. Al detenerlo, se debía ser contundente y al moverlo, se tenía que actuar con atención para no golpear el cuerpo aparentemente inerte.
En la noche tuvimos una pequeña conversación con mis hijos adolescentes, que están renuentes a acatar normas. Fue más sencillo hablarles de la diferencia entre obediencia y respeto. La obediencia implica la aceptación de la estructura jerárquica de nuestra interacción humana. En cambio, el respeto implica que cuando trato de detener el movimiento del otro, debo tener cuidado para hacerlo sin herirlo. No se le debe obediencia a cualquiera, pero jamás se puede prescindir del cuidado para con el otro. Por eso dicen que la vida es un baile.
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